Te juro que fue la primera vez, en 22 años, en sentirlo. Las cosquillas de tu voz en mi hombro me provocaban. Quería darme la vuelta y pedirte un abrazo. Entre mis sábanas de tela polar y las rendijas de luz de la cancela. Mis manos se cogían entre ellas, haciendo fuerza por no quitarte el móvil y pedirte una mano, una muñeca, un codo; para aferrarme a ellos y dormir. Sentir seda en mi oreja...
Allez, allez, pas de probléme! Pero no. Es mejor hacerse la dormida... Y volver a citar a Sabina mientras pienso que, si hubiera conseguido encontrar el tesoro, seguiría contando moneditas de oro.
Tengo resaca sin haber bebido una gota. La jaqueca ranquea mi mente y nos sentimos demasiado arduas para arrancar en esta mañana de sábado, lluvioso.
Pero tengo ganas de festejar. Cuatro días para el regreso.
Tres tazas de café.
Una sopita de arroz, un par de huevos fritos. Un tuero de pan pasado, entre lo revenido y lo pétreo.
Una cremallaire a la que no estoy invitada.
¿Y qué?
Mi reino por un vuelo regular. Por un reloj que explote a sus manijas, para no ser yo quien explote de ansia y deseo.
Naufragar en el ardor de una chimenea. Morir de frío volando por un campo lleno de nieve, tirándome bolas y riéndome de cómo me dí a mí misma.
Darme la vuelta y reencontrarme con mis calificaciones en la escuela; con mi pasamontañas azul marino; con mis pataletas por ver la tele hasta tarde.
Levitar en el sofá hasta quedarme en blanco.
Ser Alicia, la nueva Alicia, que vuelve con su conejo bajo el brazo y se ríe, victoriosa, mientras revienta el espejo esperpéntico que deformaba los conatos de pensamiento. Hacer cuentas preciosas con los pedacitos del suelo. Inventarme, imaginarme y coger la maleta orgullosa, por una vez, de que, si bien no hicimos nada, la gozamos hasta el último rayo de luna.
Cargar el revólver del Capitán Garfio, pegar tres tiros al aire, o al tic-tac del cocodrilo y salir corriendo, como desquiciados, hasta el Nuevo Nunca Jamás; hasta que se descoyunten las extremidades; hasta que el aire agujeree los bronquios; hasta estamparnos contra la meta y llorar, chorreando sangre, porque, al fin, fuimos primeros en algo: dejé olvidado en ventanilla el hilo cuando pagué la entrada para el laberinto del Minotauro.
Sean bienvenidos y bien hallados en este blog especializado en Humanidades. La Filología ocupa una gran parte de nuestras estanterías: Literatura, Traducción y Crítica Literaria, Lingüística y enseñanza del Español como Lengua Extranjera (ELE). Pasen al fondo y vean las secciones de cine, series, música y arte en general.
sábado, 12 de diciembre de 2009
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Le monde d'Amparo
Me gusta ir soñando la vida agarrada de tu mano.
Inventarme y sobreinventarme con tus gorros, tus faldas, tu manera de hablar durante tres horas seguidas en un tren camino a ninguna parte.
Convertir el desierto en un escenario de Hoollywood.
Aprender física, química y tradiciones vampíricas literarias con el café que me preparas a la mañana siguiente del recuento arquitectónico de un castillo en el aire, de un palacete en el norte de Madrid, de una ilusión que pende del hilo de tu bolsillo y lucha contra las parcas bancarias.
La franqueza ante un cerrojo en la puerta de mi habitación.
Del ya nos apañaremos ; del mi riqueza asciende a 0'50 € ; de unos ojos cerrados y un alma que habla hasta dormida.
Es verdad que muchas veces los histriónicos colores de tus medias no han sabido ser interpretados; que las entrelíneas de tus chalecos han dejado cierto lugar a la duda; que la cabezonerìa por unas botas de agua fue mayor que los razonamientos lingüìsticos de "el Lapesa". Pero eso ya pasó. Como el recuerdo de una foto vieja y usada de tanto sacarla del álbum, todo queda velado, por el humo del fumadero, por la luz que se cuela desde la ventana de tu cocina. La magdalena de Ventura Rodrìguez huele a café recién hecho, a recetas inventadas, a la flama de la calefacción que sortea perros, gatos y humanos.
Un 133, un parque de Berlìn, un kebab en Debod.
El maravilloso Amparo's wonderful world llena su imaginario según avanza el tiempo; según camina hacia la eclosión surrealista de su ars flipandi.
-Esta ciudad es bonita... Todo iluminado...
Rumiábamos un bocadillo de pollo frio. Nadie supo que fue el fuego de tu mechero el que encendió la primera de todas aquellas velas en su mercado de Navidad...
Inventarme y sobreinventarme con tus gorros, tus faldas, tu manera de hablar durante tres horas seguidas en un tren camino a ninguna parte.
Convertir el desierto en un escenario de Hoollywood.
Aprender física, química y tradiciones vampíricas literarias con el café que me preparas a la mañana siguiente del recuento arquitectónico de un castillo en el aire, de un palacete en el norte de Madrid, de una ilusión que pende del hilo de tu bolsillo y lucha contra las parcas bancarias.
La franqueza ante un cerrojo en la puerta de mi habitación.
Del ya nos apañaremos ; del mi riqueza asciende a 0'50 € ; de unos ojos cerrados y un alma que habla hasta dormida.
Es verdad que muchas veces los histriónicos colores de tus medias no han sabido ser interpretados; que las entrelíneas de tus chalecos han dejado cierto lugar a la duda; que la cabezonerìa por unas botas de agua fue mayor que los razonamientos lingüìsticos de "el Lapesa". Pero eso ya pasó. Como el recuerdo de una foto vieja y usada de tanto sacarla del álbum, todo queda velado, por el humo del fumadero, por la luz que se cuela desde la ventana de tu cocina. La magdalena de Ventura Rodrìguez huele a café recién hecho, a recetas inventadas, a la flama de la calefacción que sortea perros, gatos y humanos.
Un 133, un parque de Berlìn, un kebab en Debod.
El maravilloso Amparo's wonderful world llena su imaginario según avanza el tiempo; según camina hacia la eclosión surrealista de su ars flipandi.
-Esta ciudad es bonita... Todo iluminado...
Rumiábamos un bocadillo de pollo frio. Nadie supo que fue el fuego de tu mechero el que encendió la primera de todas aquellas velas en su mercado de Navidad...
lunes, 30 de noviembre de 2009
Preciosa o las panderetas
Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Ya lo dijo Lorca.
Y Cervantes, con su ingenio, tres siglos antes habló de ello en su Gitanilla. Tan grande era que lo destiló en prosa y verso.
Clermont, donde las luces permanecen encendidas hasta el alba; donde la navidad y sus primeros brillos sólo parecen existir en la escondida nocturnidad de este diciembre gélido; Clermont, pues, tras gastarse en luz, olvidó el ruido. Y es que aquí falta eso: el sentido del oído.
Nada de panderetas, ni aguinaldos, ni villancicos. Nada de desagradables matasuegras, ni bromas que suenan a ventosidad ocultas bajo la galleta de una silla; tampoco esos cigarros prensados, deshechos y liados por segunda vez que acaban en el estallido de un petardo de feria con el corazón de un fumador a punto de explotar. Nada de cabalgatas, nada de campanadas, nada de nada.
Nada de risas, nada de celebración. Sólo cumplidos que se entrecruzan en miles de lenguas que viajan desde Babel.
Silencio que chisporrotea en los tendidos, de farola a farola. Y el silbato de "viajeros al tren" despierta un lunes más. Porque hasta las campanas de la catedral, parece que yacen sin rechistar.
La España de charanga y pandereta...
Y Machado, corriendo a su muerte, huyendo a Colliure, también lo sabía...
sábado, 28 de noviembre de 2009
Mon p'tit sapin
Clermont, al igual que el resto de villas "como Dios manda", ha estrenado su luminaria navideña a tres días de diciembre. Lucecillas; gente desmadrada comprando detallitos entre la FNAC, Le marché du Noël y la librería-papelería-videoclub Le Volcan; niños escogiendo lo que pondrán ellos mismos bajo el abeto el próximo 25...
He pasado toda la tarde buscando películas baratas para entretenerme esta noche. Pero las larguísmas colas y el griterío nervioso del último sábado de noviembre, no me dejó decidir con cuál quedarme. Y me volví a casa con frío, con las manos en los bolsillos, ahogada de tanto fumar. Sé que contigo no hace falta el disimulo; puedo decir "no sé nada de cine".
Pero lo que quería decir es que, al parecer, por primera vez, no me atosiga todo el gentío, la parafernalia, el bombo y platillo que se le da a unas fiestas que devienen, año tras año, en un monstruo más comercialmente capitalista. Al igual que allende los Pirineos, aquí no saben de la existencia de Plácido, de "ponga un pobre en su mesa", de la caridad que nunca hubo ni habrá. Pero, repito: parece que no me es tan desagradable. Al menos eso, las bombillitas de colores y la serpentina en los comercios de este retiro protestante francés, donde los días de lluvia gris te hacen recordar a La lista de Schilder si sales a pasear con tu abrigo rojo-burdeos, al menos aquí, decía, empieza a deslumbrar un breve destello de calor eléctrico.
Al llegar a la Place de l'Obélisque, intenté coger aire y sin darme cuenta, me sorprendí mirando al arbolito azul electrocutado por watios y watios. Crucé la calle, e incluso, llegué a casa, pensando en las castañeras de Cuatro Caminos, de la Calle Mayor esquina Arenal; en los puestos de pelucas, de pinos, de belenes y musgo. Un humillo salía por la ventana del Kebab que se ve al doblar la esquina. El pollo del día navidad me e/incendió la pituitaria. Y con un "Merci, madame", uno de tantos niños con boinitas negras que compran el pan cada sábado tarde me trajo a la cabeza a ese Chencho que se pierde todos los 24 de diciembre.
Parece que llega la Navidad. Empiezo a abrir despacito el Calendario de Adviento y lo único que veo son huecos vacíos de 2008. El chocolate lo dejé en tu despensa. Cada ventanita no es otra cosa que una noche más con medio colchón llorando.
He pasado toda la tarde buscando películas baratas para entretenerme esta noche. Pero las larguísmas colas y el griterío nervioso del último sábado de noviembre, no me dejó decidir con cuál quedarme. Y me volví a casa con frío, con las manos en los bolsillos, ahogada de tanto fumar. Sé que contigo no hace falta el disimulo; puedo decir "no sé nada de cine".
Pero lo que quería decir es que, al parecer, por primera vez, no me atosiga todo el gentío, la parafernalia, el bombo y platillo que se le da a unas fiestas que devienen, año tras año, en un monstruo más comercialmente capitalista. Al igual que allende los Pirineos, aquí no saben de la existencia de Plácido, de "ponga un pobre en su mesa", de la caridad que nunca hubo ni habrá. Pero, repito: parece que no me es tan desagradable. Al menos eso, las bombillitas de colores y la serpentina en los comercios de este retiro protestante francés, donde los días de lluvia gris te hacen recordar a La lista de Schilder si sales a pasear con tu abrigo rojo-burdeos, al menos aquí, decía, empieza a deslumbrar un breve destello de calor eléctrico.
Al llegar a la Place de l'Obélisque, intenté coger aire y sin darme cuenta, me sorprendí mirando al arbolito azul electrocutado por watios y watios. Crucé la calle, e incluso, llegué a casa, pensando en las castañeras de Cuatro Caminos, de la Calle Mayor esquina Arenal; en los puestos de pelucas, de pinos, de belenes y musgo. Un humillo salía por la ventana del Kebab que se ve al doblar la esquina. El pollo del día navidad me e/incendió la pituitaria. Y con un "Merci, madame", uno de tantos niños con boinitas negras que compran el pan cada sábado tarde me trajo a la cabeza a ese Chencho que se pierde todos los 24 de diciembre.
Parece que llega la Navidad. Empiezo a abrir despacito el Calendario de Adviento y lo único que veo son huecos vacíos de 2008. El chocolate lo dejé en tu despensa. Cada ventanita no es otra cosa que una noche más con medio colchón llorando.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Madrid-París, 63'89€
Viajo porque me obliga mi soledad, mi tristeza, mi malestar. Y para esto, el mejor remedio y excusa, para su explicación causa-efecto, no quedarse quieto es algo más que recomendable.
No tengo a nadie que me espere en casa; que me llame cada día; nunca quise tener novio, ni novia, ni perro que me ladre cuando suenen las llaves.
No me apetece leer; ya no me acompañan los personajes.
En dos meses he dormido en siete camas de tamaños, olores y colores diversos, con gente de distinta raza, cultura, ideología , pero ninguno de ellos daba calor. Siento que si se estrellase el avión o descarrilase el tren en el que viajo, sonaría la música de victoria de Ryanair. Poco importaría.
Viajo en latas de sardinas en las que me siento un punto aplastado por el que no pasa ninguna línea. No se cumple en mí regla alguna física, química, filosófica. Me como los paradigmas, los arquetipos y las leyes universales. El mirar por encima del hombro ya no supone para mí otra cosa que la demostración de una mala higiene capilar...
Escupo en la cara del arrogante si una paupérrima flema se me atraganta al despertar por las mañanas; me zafo de los eruditos a la violeta con un leve levantamiento de cejas, con un no te lo crees ni tú; espero un único sonido que retumbe del pasado y llegue hasta aquí, a 6000 pies del suelo; me gusta pasearme con mi boina y mi bicicleta y timbrar a los coches que me insultan si me cruzo; destesto las despedidas pero reconozco el placer masoquista de llorar a mares en ellas...
Estoy en tal estado de confusión que imagino mi historia como la de aquel que hereda fortuna y derrocha todo en putas, bohemias y hadas verdes....
¿Esto es Modernidad?...
No tengo a nadie que me espere en casa; que me llame cada día; nunca quise tener novio, ni novia, ni perro que me ladre cuando suenen las llaves.
No me apetece leer; ya no me acompañan los personajes.
En dos meses he dormido en siete camas de tamaños, olores y colores diversos, con gente de distinta raza, cultura, ideología
Viajo en latas de sardinas en las que me siento un punto aplastado por el que no pasa ninguna línea. No se cumple en mí regla alguna física, química, filosófica. Me como los paradigmas, los arquetipos y las leyes universales. El mirar por encima del hombro ya no supone para mí otra cosa que la demostración de una mala higiene capilar...
Escupo en la cara del arrogante si una paupérrima flema se me atraganta al despertar por las mañanas; me zafo de los eruditos a la violeta con un leve levantamiento de cejas, con un no te lo crees ni tú; espero un único sonido que retumbe del pasado y llegue hasta aquí, a 6000 pies del suelo; me gusta pasearme con mi boina y mi bicicleta y timbrar a los coches que me insultan si me cruzo; destesto las despedidas pero reconozco el placer masoquista de llorar a mares en ellas...
Estoy en tal estado de confusión que imagino mi historia como la de aquel que hereda fortuna y derrocha todo en putas, bohemias y hadas verdes....
¿Esto es Modernidad?...
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Y la vida siguió...
A la sombra de lo que fuimos, por haberme escondido el DNI... por ayudarme a facturar el equipaje y seguir explorando....
A Rober, por las miradas en aquella cena de acción de gracias...
Joaquín Sabina vuelve a sonar en Paulines.
Qué lejos queda ya el viernes pasado. Parece como si nunca hubiera existido. Los nervios, el avión, los primeros carteles en español después de dos meses, el sol a rabiar de Plaza España. Cuesta de San Vicente. Glorieta de Príncipe Pío. Puente de Segovia. Tanto puente para tan poca agua. Siempre la escena de Plácido en la cabeza. Y Zamora Vicente. Recorrido del 500. "Ay, no, si no es ésta.... era la siguiente..." La sonrisa nerviosa de "la próxima esquina y ya estoy"... Calle Guadarrama...
Y como ET.... Mi casa.... Mi casa... Mi casa....
A Rober, por las miradas en aquella cena de acción de gracias...
Joaquín Sabina vuelve a sonar en Paulines.
Qué lejos queda ya el viernes pasado. Parece como si nunca hubiera existido. Los nervios, el avión, los primeros carteles en español después de dos meses, el sol a rabiar de Plaza España. Cuesta de San Vicente. Glorieta de Príncipe Pío. Puente de Segovia. Tanto puente para tan poca agua. Siempre la escena de Plácido en la cabeza. Y Zamora Vicente. Recorrido del 500. "Ay, no, si no es ésta.... era la siguiente..." La sonrisa nerviosa de "la próxima esquina y ya estoy"... Calle Guadarrama...
Y como ET.... Mi casa.... Mi casa... Mi casa....
Y ya no pesa la maleta; ya deja de importame cualquier cosa; ya se me sale el corazón, la risa, la angustia retenida durante sesenta eternos días; ya todo explota.... empiezan a salir colores desde las ventanas... canciones, algarabía, ratos pasados, disfraces, chistes,... Bien, el buzón sigue roto... Qué impresión ver el portal. Esa escalera, la bienvenida en el tragaluz. La cocina, el salón. El cigarro del balcón... No puedo dejar de llorar...
Y es triste porque, pese a la afonía y el oído entaponado, fue el único momento chechu que hubo. A decir verdad, han sido demasiadas cosas nuevas en tres días de bálsamo. Podría decir miles y miles de cosas. Ayer, cuando por fin monté en el avión, necesitaba escribir, llorarlo todo.
Todo merece la pena cuando el resumen de la novedad se concentra en tus lágrimas a la salida del teatro. Nadie puede sentirlo; nadie puede entender que, más allá de todo, lo único que importó fue que reventaste de felicidad al verme... Gracias por seguir siendo la niña madura de manos encayecidas que rebusca en la nevera para preparame la merienda para el camino de vuelta. Por quedarte mirándome, sonreirme y pedirme dos caladas. Por alegrarte de mi felicidad contigo. Por volver a llorar mi partida. Gracias por tu sonrisa perpetua en tiempos de silencio.
Gracias por el abrazo que me diste sobre la cama y el llanto que no permitiste; por la tarde de miércoles que no pudo ser. Por habernos aguantado tantos silencios con la tele de fondo. Por haberme sonreido cuando pasabas y me viste escondida en el portal. Por haber conseguido entenderme, quererme y echarme de menos tal como soy. Gracias por tenerme en la mente ahora más que nunca.
Gracias por la tortilla de papas que me prometiste a mi vuelta. Por llevarme de excursión al Burguer. Por el desayuno de 1'50 con Tomás, por seguir fiel al tomate picao y a los derroteros. Por ser tú siempre conmigo. Gracias por no tener que decir aquí todo lo que ya nos hemos dicho.
No se celebró nada; no se rememoraron carcajadas apolilladas; no se recuperó el tiempo perdido. Y, sin embargo, recuperar la rutina a vuestro lado hace mis días más felices. Sólo ahora (en el avión) a 25 días de volver, comprendo la razón de este viaje. Aunque la vuelta a este desierto flemático y chovinista sea casi peor que el primer día que lo pisé.
Tengo que pedir perdón por tanto desorden. Pero estoy triste y hoy, en mi habitación, me siento sola sin el sofá amarillo, sin la radio del baño, sin la sombra que ronda la mesita de cristal y te empuja hacia el tótem de madera. La física aún no encontró una explicación para tal diferencia: incomprensible el tiempo que pasa raudo y veloz allí; tedioso, vulgar e hipocondriaco en el resto del mundo. La filosofía del estado alterado que supone estar con vosotros tres y que teoriza sobre cualquier sinrazón universal; o que, al menos, ayuda a sobrellevarla.
Han sido unas pocas horas de volver a creernos inseparables, inmortales, héroes bohemios y señores entre la élite mundana. Pero ahora toca volver a la realidad. Aprender de nuevo a vivir a distancia. A ver la saga de Chechu por capítulos, fascículos y mails. Formáis parte de mi átomo de vida. En cada una de mis letras estáis vosotros. Mi putísima trinidad, a la cual venero. Y eso es tan grande como el abrazo de ocho brazos que nos dimos en la calle de Prim.
Y es triste porque, pese a la afonía y el oído entaponado, fue el único momento chechu que hubo. A decir verdad, han sido demasiadas cosas nuevas en tres días de bálsamo. Podría decir miles y miles de cosas. Ayer, cuando por fin monté en el avión, necesitaba escribir, llorarlo todo.
Todo merece la pena cuando el resumen de la novedad se concentra en tus lágrimas a la salida del teatro. Nadie puede sentirlo; nadie puede entender que, más allá de todo, lo único que importó fue que reventaste de felicidad al verme... Gracias por seguir siendo la niña madura de manos encayecidas que rebusca en la nevera para preparame la merienda para el camino de vuelta. Por quedarte mirándome, sonreirme y pedirme dos caladas. Por alegrarte de mi felicidad contigo. Por volver a llorar mi partida. Gracias por tu sonrisa perpetua en tiempos de silencio.
Gracias por el abrazo que me diste sobre la cama y el llanto que no permitiste; por la tarde de miércoles que no pudo ser. Por habernos aguantado tantos silencios con la tele de fondo. Por haberme sonreido cuando pasabas y me viste escondida en el portal. Por haber conseguido entenderme, quererme y echarme de menos tal como soy. Gracias por tenerme en la mente ahora más que nunca.
Gracias por la tortilla de papas que me prometiste a mi vuelta. Por llevarme de excursión al Burguer. Por el desayuno de 1'50 con Tomás, por seguir fiel al tomate picao y a los derroteros. Por ser tú siempre conmigo. Gracias por no tener que decir aquí todo lo que ya nos hemos dicho.
No se celebró nada; no se rememoraron carcajadas apolilladas; no se recuperó el tiempo perdido. Y, sin embargo, recuperar la rutina a vuestro lado hace mis días más felices. Sólo ahora (en el avión) a 25 días de volver, comprendo la razón de este viaje. Aunque la vuelta a este desierto flemático y chovinista sea casi peor que el primer día que lo pisé.
Tengo que pedir perdón por tanto desorden. Pero estoy triste y hoy, en mi habitación, me siento sola sin el sofá amarillo, sin la radio del baño, sin la sombra que ronda la mesita de cristal y te empuja hacia el tótem de madera. La física aún no encontró una explicación para tal diferencia: incomprensible el tiempo que pasa raudo y veloz allí; tedioso, vulgar e hipocondriaco en el resto del mundo. La filosofía del estado alterado que supone estar con vosotros tres y que teoriza sobre cualquier sinrazón universal; o que, al menos, ayuda a sobrellevarla.
Han sido unas pocas horas de volver a creernos inseparables, inmortales, héroes bohemios y señores entre la élite mundana. Pero ahora toca volver a la realidad. Aprender de nuevo a vivir a distancia. A ver la saga de Chechu por capítulos, fascículos y mails. Formáis parte de mi átomo de vida. En cada una de mis letras estáis vosotros. Mi putísima trinidad, a la cual venero. Y eso es tan grande como el abrazo de ocho brazos que nos dimos en la calle de Prim.
Perdonad tanta sensiblería, pero la cursilería de estos párrafos supone una separación, un duelo y unas lágrimas poco fáciles.
Gracias, una vez más. Gracias... Os quiero. No os vayáis nunca.
La casa Chechu está donde esté él...
sábado, 14 de noviembre de 2009
L'Appart....
Miro hacia los lados para cruzar, y la carretera me parece tan larga...
Anoche por fin lo encontré y apreté el botón para conseguir cruzar el paso de peatones, pero me enredé en la zanja de obras que hay a los lados... Quizá sería mejor intentar atajar por el camino recto, pero lo fácil (o lo recomendable) nunca nos gustó. Y el pitido que me avisa que está en verde el paso suena demasiado bajo para poder escucharlo....
Miro cómo los ciegos de Cupido cruzan marcando el paso con sus bastones. Pero yo siempre aprovecho el último minuto para atarme los cordones de las zapatillas y vuelve a cerrarse el semáforo.
Este maldito Clermont embarrado, en el que dar un paso significa atollarse hasta las rodillas.
Y lo único que queda es dar la vuelta y ver si, al menos, el rastrillo de baratijas sigue abierto para mi.
Anoche por fin lo encontré y apreté el botón para conseguir cruzar el paso de peatones, pero me enredé en la zanja de obras que hay a los lados... Quizá sería mejor intentar atajar por el camino recto, pero lo fácil (o lo recomendable) nunca nos gustó. Y el pitido que me avisa que está en verde el paso suena demasiado bajo para poder escucharlo....
Miro cómo los ciegos de Cupido cruzan marcando el paso con sus bastones. Pero yo siempre aprovecho el último minuto para atarme los cordones de las zapatillas y vuelve a cerrarse el semáforo.
Este maldito Clermont embarrado, en el que dar un paso significa atollarse hasta las rodillas.
Y lo único que queda es dar la vuelta y ver si, al menos, el rastrillo de baratijas sigue abierto para mi.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)